Sollozando, bajo la profundidad celeste,
yo te busco entre las sombras.

Yo nací en el país del llanto
asediado por espectros de ceniza.

Acosado por los perros del fuego,
como un toro crepuscular,
sollozando, bajo el cielo de mustias adormideras,
yo busco el río de los espectros,
de las visiones ancestrales,
que fluye a través de las comarcas desiertas.
No hay alma.
Sólo hay un grito desesperado
que resuena en la soledad
de nuestra prisión celeste.
Oscuro dios de las profundidades,
helecho, hongo, jacinto,
entre rocas que nadie ha visto, allí, en el abismo,
donde al amanecer, contra la lumbre del sol,
baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe
con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría.
En las paredes de esta cueva
pinto el venado
para adueñarme de su carne,
para ser él,
para que su fuerza y su ligereza sean mías
y me vuelva el primero
entre los cazadores de la tribu.

La Luna se estaba peinando
en los espejos del río.
Y un toro la está mirando
entre la jara escondido.
Cuando llega la alegre mañana
y la Luna se escapa del río
El torito se mete en el agua
embistiéndole al ver que se ha ido.
Reinas aún sobre angelados páramos y lagunas,
vigilas el sueño del volcán Chiles con tus legiones
apostadas en la turgente irregularidad de la altitud.
En perenne talante de guerrero presto a sufrir su fado,
resistes el embate de la tempestad y sus agoreros
meciéndote al son del furioso ventarrón gris,
amaneces enhiesto y cubierto de escarcha
que cede al fulgor de la luz ecuatorial.
Helios, al menos te veo, te siento y te presiento.
Fuego purificador que domina el esférico ojo de Gea en su eterna contemplación del finito pero no acotado cosmos. Comprendo el porqué los primitivos bípedos te creyeron un dios.
Mi existencia la debo al Maldito Edi (o a cualquiera de ellos). Sin él no hubiera nacido, ni yo ni Eugenia, y la vida en el pueblo no hubiese tenido sabor, ni sueños. Pero, sinceramente, no le estoy agradecido. Ya no.
Al principio creyó que se trataba de una casualidad, absurda coincidencia, pero un día distinguió los lentes de prismáticos y cayó en pánico. Estaban dirigidos hacia ella como cañones de fusiles en contra de un condenado a muerte. Estaba allí y la observaba, precisamente a ella.
No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos.
O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al “use y tire” ni al “compre y compre” ni al “desechable”.




Ecuador y Bolivia muestran que los países pequeños en desarrollo sí pueden implementar políticas económicas independientes, defender sus derechos y ganar
Entre lo que escuchamos como sabiduría convencional a diario, y proveniente de los medios de negocios es que los países en desarrollo deberían sacrificarse para crear un ambiente favorable para las corporaciones internacionales, seguir los consejos de la política macroeconómica ortodoxa (neoliberal), y esforzarse para lograr una calificación de grado de inversión para su deuda soberana, para poder atraer más capital extranjero.
La construcción de máquinas pensantes ha progresado muchísimo durante los últimos años, especialmente en nuestro país, que ostenta ahora el primado de la técnica así como Italia tuvo en sus tiempos el primado del arte, Francia el de la elegancia, Inglaterra el del comercio y Alemania el de las ciencias militares.

Dios ha querido que antes de morir viera cosas maravillosas.
¡Todas las noches aquí dentro, en las tinieblas, cansado y triste, pensando en mi vida desgraciada, sin otra compañía que un buey que rumia o un ratón que roe!
No entiendo nada de lo que pasa. Luz arriba y luz abajo. Parece que se esté haciendo de día y, sin embargo, éste no es el calor de sol.
¿Quién habrá dado a esos el derecho a invadir mi casa? Es la primera vez que los veo. Esa joven no es la mujer del guardián, y ese viejo no es el boyero. Y, sin embargo, están haciendo de dueños y hasta han ocupado el pesebre destinado a mi heno. ¿Qué señorío es este?
¿Qué habrán puesto dentro del pesebre?
Eso ya está visto: esta noche ayuno. Esperaba que se hiciera oscuro para salir de mi escondrijo y buscarme la comida, cuando ha empezado a llegar gente y se han puesto a hacer luz, a hablar y a moverse por todas partes. Hay una mujer con un niño, un viejo que los acompaña, y, además, los pastores de los alrededores. Son hombres, por tanto, perseguidores de mi raza, y no hay que dejarse ver. Me toca quedarme aquí, entre estas dos piedras removidas, espiando lo que sucede.
¿Por qué han venido a llamarme, en mitad de la noche, si no tenían necesidad de mí? El viejo llega, llama a la puerta como si quisiera derribarla, suplica, me hace salir de la cama caliente, y me cuenta que su mujer está a punto de dar a luz y que no tiene a nadie para asistirla. Yo, ingenua, me dejo persuadir, y lo sigo. Creía que estaba en casa de parientes, o por lo menos en la posada. En cambio, me lleva a un establo fuera del pueblo, alejado, medio derrumbado. Se detiene y dice: es aquí. Yo no quería ni entrar, porque no estoy acostumbrada a poner los pies en los establos. Todas mis clientes son señoras, las mejores señoras de Belén. Y esta señora que se aloja en un establo debe ser una desgraciada, una huida, tal vez una pecadora que se esconde.
Nos han despertado con aquella luz que no era ni sol ni fuego, y después han salido corriendo. No se sabe dónde, no se sabe por qué.
¡Si lo supiera el amo!

















