El hecho de no degradarse a semejanza de los demás hombres nunca le quitó el sabor de las cosas de comer, una hilera de pajes bien pagados servían al marqués lo más exquisito y refinado de la nueva cocina ecuatoriana, la que hacía gala de ser fresca y natural -exenta de salsas reconcentradas y una condimentación perniciosa-. Disfrutaba a día seguido de esas viandas porque gozaba de una salud inquebrantable, a pesar de que ansiaba sentir lo que es devorar carne cruda no por mero placer, no para atenuar el paso del tiempo, sino por instinto de conservación primordial.
A la sombra de la paz lunática que cubre al palacio de Guapulo, viene colgado de lo alto de la marquesina de cristales, allí en la espaciosa terraza del dormitorio mayor que habitó el marqués. El silencio y la penumbra que se instaló dentro de su morada es consecuencia del luto riguroso que guarda ésta por el noble patrón que ya no la ocupará más. Así lo prescribió el marqués, que sin excepción alguna, todo el personal del palacio de Guapulo, esté de vacaciones en la fecha que escogió para efectuar su voluntario deceso; no existe prójimo que estorbe a su mutación completa y al placer que deriva de ella, y que el homenaje que se le ofrece al difunto sea la soledad, el silencio, de los jardines y parques que adornan al acto impostergable.
Doblan las campanas de medianoche en la catedral de Guapulo, redoblan las campanas por el advenimiento de la aurora del murciélago pensante. El aristocrático balcón del palacio de Olivares duerme de cara a oriente, no hay nada artificial que lo enfoque salvo la luna que lo baña y arrulla como si fuese una criatura terrenal de su predilección.
¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
Ser un cazador recolector, comer con un apetito salvaje y no tener ni idea de las horas y horarios
El Nanga Parbat, Montaña desnuda, llamada también Diamir, Rey de las montañas, fue de hecho la cumbre del destino de Reinhold Messner antes que la Montaña del Destino Alemán, como al expedicionario Karl Maria Herrligkoffer le gustaba denominarla para ensalzar el deber que él tenía de hollar su ápice por la ruta más difícil, aunque sea de manera subliminal, a través del trabajo de escaladores con convicciones nacionales y fe en las cuerdas fijas que aseguran kilómetros de un desnivel de vértigo.
Karl Maria invitó a los hermanos Reinhold y Gunther Messner a unirse al ideal de vencer a la tenebrosa vertiente Rupal, superando los más de cuatro mil metros de pared vertical que separaba el vacio de la vulgaridad terrena con la inconmensurable altitud alumbrada por Odín. Tener una imagen del tamaño monstruoso de la vía por la vertiente Rupal, que en su mayor parte la abrieron los hermanos Messner camino a la cima del Nanga, sería como colocar cuatro veces, una sobre otra, la cara norte del Obispo ecuatoriano (la cima más expuesta y exigente de los picos que conforman el circo volcánico del Altar o Montaña sublime) que tiene alrededor de mil metros de caída perpendicular.
Bram Stoker, escritor irlandés, autor de “Drácula” -la obra maestra del terror romántico de la que Oscar Wilde dijo que a su parecer era la mejor novela de habla inglesa del siglo IXX-, murió sifilítico en un miserable cubil Londinense a principios del siglo XX. Acorde con el testimonio que dejó la viuda de Bram, éste, tumbado en su lecho de muerte, señalaba insistente a una esquina bajo la penumbra del cuarto de alquiler, musitando con fervor, “¡vampiro… vampiro!”.
Henry incorporó su cabaña dentro de lo prístino no para ser un santón o un ídolo del arte de la supervivencia, ni por encomendarse al ángel del dinero en aras que éste de súbito lo agasaje con la peste de los prósperos, la dicha muelle, sino con el fin de despertar al alba de la germinación.
El amigo Henry echó a andar su retiro lacustre allá por el otoño de 1845, previamente a ese cometido ecologista adquirió, acudiendo al ágora de la Arcadia, dos insobornables servidores gemelos, Simplicidad y Sencillez, los que lo ayudaron a levantar y mantener su experimento de autosuficiencia durante los dos años que habitó en los bosques de Walden.
Reinas aún sobre angelados páramos y lagunas,
vigilas el sueño del volcán Chiles con tus legiones
apostadas en la turgente irregularidad de la altitud.
En perenne talante de guerrero presto a sufrir su fado,
resistes el embate de la tempestad y sus agoreros
meciéndote al son del furioso ventarrón gris,
amaneces enhiesto y cubierto de escarcha
que cede al fulgor de la luz ecuatorial.
Kantoborgy exuda copiosamente en el vórtice vaporoso de la caldera del inactivo volcán Pasochoa, imágenes lúdicas se suceden con la sensación de estar fundiéndose a un tiempo remoto. Acá vino sin sus canes por lo intrincado de este abismo verde, ellos no disfrutarían de bucear bajo esta red de túneles que ha formado el bosque primario andino, son lobos que gustan de trotar en campuroso pajonal.
Ya no es un sueño esto de andar, a propósito perdido, por las dunas de Krizofilax Equinoccial. Este laberinto volcánico que respira a cada paso que da contra corriente, aun ayer era parte de una leyenda que se pasaba en radio Marañón, y él, LG, había conectado con la personificación que ahí se hacía del dragón que agarró gusto por jugar a las escondidas, convirtiéndose esta suerte de distracción en un acto religioso, huir por lo sano es su religión.
Entonces, el futuro triple-ingeniero LG, se convencía que él también, de una, hubiese creado su quinta San Agustín -superando a la original en el rendimiento y calidad de los suelos- si le caía, de sopetón, una porción del oro de Quinara como al doctor Morris. Otra cosa era aproximarse al ideal con el sacrificio de los años, mientras se hacía realidad la terra petra en la comarca de su infancia, San Antonio de las Aradas, a un precio que no estaba dispuesto a pagar.
Esta jornada empezó mostrando un azul radiante rumbo a la flamígera canícula de tierras altas, empero se fue atemperando dentro de la templada nube traslúcida que cautivó el espacio y tiempo de los dominios de Krizofilax Equinoccial. Los caminantes se dispersaron para concebir la disipación que les corresponde en el entresijo horizontal de lo femenino herboso.
Krizofilax Equinoccial, desprovisto del don de volar, se resignó a ser mutante bajo su condición de dragón terrestre cabal; esto trajo que se prolongue en él un constante sentimiento de originalidad dentro de un hábitat donde no tiene par. La soledad volcánica lo hizo tomar conciencia de su capacidad evolutiva, tenía el favor de la ciencia infusa que de a poco desarrolló: huir de la estupidación fue algo innato en él. En principio engañando aun a su padre nutricio, el Cíclope, que por esa capacidad de mimetizarse en sus dunas volcánicas lo creía erróneamente un cobarde.
Herbosas dunas de residuos volcánicos hacen el hábitat del arisco reptil antediluviano que se negó a ser una mole incrustada en la cordillera de Los Andes, este mutante quiso sufrir las consecuencias de su orfandad dragonil antes que petrificarse en un magnífico paisaje como su fotogénico pariente el Dragón Rojo... Así podría rezar el inicio renovado de la leyenda oral que de Krizofilax Equinoccial se pasa desde la radio del domo de El Panecillo.
Anticipándose a la aurora se deslizó por las estribaciones menores del Dragón Rojo, quien, acorde a la saga que lo identifica con su propio signo ante los animales andinos que lo circundan, fue un ser de porte mítico que se creía llamado a rivalizar en poder y gloria con su pariente Aleph Dark, pero a la postre devino en un sujeto sin ambiciones terrenales, de esto que prefirió petrificarse y no sufrir las instalaciones fantásticas de los imagólogos.
Acá vino a escalar por el filo expuesto de la pared, cuya aura le promete acción entre las presas que harán peldaños a los cuernos del Dragón de piedra. La mañana transcurre sin corrientes aéreas de cuidado, ya se abrazó a la roca tibia para relajar su cuerpo y luego poder compenetrar la fuerza de cada uno de sus músculos ascensionistas con la mente del escalador, de esto se trata este juego de concentración que conlleva un riesgo mortal al prescindir de seguros que lo anclen a la pared. Irá a equilibrar su hado con la naturaleza mineral, libre de la sensación psicológica de estar apoyado por la red del trapecista circense.
Kantoborgy realiza progresiones ascendentes, viene sufriendo el macuto ochomil en la espalda como parte de la rutina de ejercicios que le exige su oficio de aventurero “al filo de lo practicable extremo dentro de un futuro posible”. Él es su propio entrenador y, asimismo, el sujeto que enfrenta retos espontáneos a la hora de hacer una pared que se presenta inexpugnable.
NO ARROJES BASURA,
¡MALDITO!
Lester González desciende por el silencioso chaquiñán que le recomendó el gótico; ha entrado en una mancha de bosque primario andino que se encuadra dentro “del embrujo de los miércoles”, donde prosigue su soliloquio con la melodía de vertientes volcánicas bajando a dar de beber a los sedientos valles.
Albertina se esfumó del gran angular de los montañeros, mas ella los vigila desde su invisibilidad con sus privilegiados ojos. Los caminantes avanzan sobre la nivelada travesía entre el pie de la cumbre gorda a la base del pico cimero, lo hacen con morosidad, Kantoborgy ha tomado el paso de Lovochancho en aras de permanecer alerta al retorno del cóndor.
El bicho arremetió dando todo de sí en el reto que podría ser mortal para el can que lo invitó a batirse, una vez que dejó de lado cualquier amague, la apuesta se transformó en un juego de vida y muerte porque así le dicta su instinto de conservación. Kantoborgy entendió también aquello cuando ya era tarde para lanzar un comando que corte la acción pastoril de Pincho, lo máximo que lograría es distraerle de su tarea, siendo que este rato lo que más necesitaba era de concentración para hacerle el quite a los filos pitones del toro de lidia que partió no a jugar sino de frente a cornear al retador, y éste puede ser ensartado de no tener la suficiente agilidad para evitarlo.
Lester es ya una ficción descendiendo por sus propios grados de conciencia, y ellos dos también serán una ficción mutua subiendo a no se sabe dónde de sus conciencias. Barrunta Lovochancho, cerrando así, con algo abstracto, el diálogo dado bordeando la insignificante loma “Duvolosky” y pisando el vallejo que ya tiene nombre, “Lester González”.
Lester, en esta su “fallida ascensión al refugio del Illiniza Sur por la arista del Calvario…”; tan pronto anda con aquellos dos y ya le tiene un nombre a su desventura que se podría hacer una aventura a la manera de “La fallida ascensión del Aqueronte al Rucu-Pichincha…”, cuyo título completo le es imposible acordarse, a pesar de lo gracioso que le viene cada vez por la vida propia que ha tomado la anécdota, ¿anécdota?, que Lovochancho y Kantoborgy la han convertido en una ficción cinética de tanto repetirla verbalmente -corregida y aumentada-.
Lovochancho estima sobremanera la deferencia que le guarda Pincho, se siente más liviano en su compañía, hace rato que se desvió a la derecha de la arista del Calvario y sigue la sesgada vía que lo pondrá directamente en el filo noroccidental de la Tioniza, sobre las escarpadas breñas que coronan un cúmulo geométrico de rocas formando una escalera para gigantes.
Estando aquí se desconfiguró la visión ideal que tuvo de los consortes Illiniza y Tioniza, aquella pintura que lo embelesó a través del libro de fotografía de montaña, Los Andes de la profundidad, de Manuel Figuerola.
Hace unas semanas asistió a la primera sesión budista para ejecutivos -no al borde sino transitando en el filo de una explosión de nervios-, por la recomendación explicita que le hizo JP, un ex sacerdote, cual de cura ranclado pasó a ser un ciudadano positivo derivando en fanático de la tecnología y de esto a ser vendedor ejemplar de computadoras.
El Chico Silencio, cual imberbe e infantil Buda en estado de iluminación, no emitía vocablo alguno en su encierro de banca y pizarrón cristianos, sin ser perturbado en su introspección por sus preceptores.
Lester González, minutos después de haberse echado a andar (en la inmensidad de las estribaciones medias de los montes Illinizas, donde la amplitud del silencio y el horizonte agreste lucen inconmensurables comparándose a lo que percibe el profesor Duvolosky en el Parque Metropolitano), no volvió a ver un pelo de Kantoborgy, éste se internó en la montaña dejándole a su imaginación la figura zoológica que le apetezca darle.













