January 12, 2010 | Publicado por: kantoborgy Leído 15062 veces. | Tell a Friend
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Al principio creyó que se trataba de una casualidad, absurda coincidencia, pero un día distinguió los lentes de prismáticos y cayó en pánico. Estaban dirigidos hacia ella como cañones de fusiles en contra de un condenado a muerte. Estaba allí y la observaba, precisamente a ella.


      ¿Por qué diablos? ¿Qué es lo quieres?
      Trató de ignorar al intruso de sus pensamientos y seguir viviendo como antes: según sus propias normas. ¡Vamos, olvídalo y ya! Sin embargo, la silueta siempre la esperaba en el marco de la ventana del frente. Inmóvil. Callada. Con los prismáticos en la mano.

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Un mes más tarde, llena de histeria, ella cambió las cortinas finas con persianas sólidas. Las montó bien cerradas. Y así se quedaron un día, dos… cinco… Después de una semana echó el primer vistazo. Estaba convencida de que no lo iba a ver nuevamente, pero él estaba allí. Entonces, asustada, se retiró hacia atrás y un sonido estridente rompió el silencio.
      Ella lloró mientras reunía los pedazos del florero de cerámica. Era una obra delicada de pálido verde y rosado, su objeto preferido.
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Cada noche la silueta estaba allí, la esperaba como si tuviesen una cita confirmada. No hacía nada, solamente permanecía en el marco de la ventana con los prismáticos en la mano. Y ella no podía distinguir ningún detalle: era una mancha oscura y parecía incompacto. Pero, eso si, era la silueta de un hombre. Tras de su espalda estallaba una luz deslumbrante. La habitación era semejante a la celda de un monje, por lo menos así se veía desde su ventana. Paredes blancas, techo blanco, ninguna decoración, ningún mueble. Las ventanas alrededor siempre estaban oscuras, por lo que ella pensaba que él vivía solo.
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Durante el día, él no estaba. Su ventana se cerraba, con cortinas gruesas –¿o eran persianas, como las de ella?– a esta distancia no lo pudo apreciar. Alrededor todo permanecía oscuro, aislado.
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Nada cambió hasta el día en que él la saludó. Ocurrió al final del tercer mes de haber descubierto su presencia. Esa noche ella apagó las lámparas, se acercó prudentemente hacia la ventana, con dos dedos abrió un hueco pequeño en las persianas y echó un vistazo. Es imposible verme por este huequito, además en esta oscuridad, se dijo. Observó un minuto, dos. Él no reaccionó. No levantó el prismático, como sabía hacerlo corrientemente cuando la veía.
      ¿Ya cambiamos los papeles, eh?, sonrió ella.
      Entonces ocurrió algo extraordinario: la silueta levanto su mano para saludar. El movimiento fue lento, limitado. Agitó los dedos como si aplastase las teclas de un piano invisible.
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Al día siguiente ella tuvo una mañana horrible en la oficina. No podía concentrarse, el sonido del teléfono la irritaba, casi como los chismes vanos y la lentitud de la secretaria.
      ¿Será mejor contarlo a alguien?, dudaba ella. ¿A mi hermana o a una amiga?
      Me creerán una loca, negó al fin.
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Dos de la tarde. ¿Hace cuánto no había regresado a casa tan temprano? Se sentía rara de estar en su casa a esta hora, como si fuese una visitante sin invitación. No obstante, era mejor así, pues en la oficina sufría una verdadera agonía.
      Me voy a pelear con todos si me quedo más, pensó y se quejó con el jefe de dolor de cabeza. Él le permitió que se vaya.
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La silueta apareció al anochecer. Abrió la ventana y se quedó allí como si fuera un centinela en su lugar. No la saludo. Solamente se miraban.
      Poco a poco, abajo la calle calmó su ruido. Y ellos no se movían de sus observatorios.
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¿Qué diablos quieres de mi?, pensó rabiosamente ella y empezó a vestirse con cualquier ropa que encontrara a su alrededor.
      Empujó la puerta ruidosamente, no cerró con llave. Corriendo cruzó la distancia hacia el edificio del frente ingresó.
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      –¿Quién es? –preguntó una voz femenina.
      –Su vecina. ¿Puede abrir?
      –Es tarde. ¿De qué se trata?
      –Lo siento. Debo conversar con Usted.
      En el marco de la puerta apareció una dama anciana, llevaba un vestido nocturno de color negro, con escote profundo y una abertura en la falda que llegaba hasta el muslo. Tenía un maquillaje exagerado, pero de buen gusto, en tono con las rosas azules en su pelo y sobre el corte de su chic vestido. Fumaba de una boquilla larga e incrustada. Olía bien –una mezcla de perfume y tabaco aromático–. Discretamente, atrás se escuchaba un aria desconocida.
      Estoy en la maquina del tiempo, pensó ella, sin bajar la mirada de la dama.
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      –¿Si?
      –Perdone que le molesto a esta hora…
      –De una u otra manera ya lo hizo. ¿Dígame?
      –Mire, señora, el tema es un poco… delicado. ¿Es posible que hablemos adentro?
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El salón era emperifollado, abundante en formas y curvas. Típico barroco con predominio en dorado y azul. Las cortinas de terciopelo, cerradas y consistentes.
      La dama le mostró un asiento. Apagó el gramófono y se sentó al frente. No ofreció una bebida, solamente con un gesto ligero la invito a hablar.
      –Vivo al frente. Me llamo Ana.
      –Bien, Ana. ¿Cómo puedo ayudarla?
      –Mire, señora, se trata de… un hombre, no sé que relación tiene con Usted. Vive aquí.
      –Está equivocada. Lo siento.
      La dama se levantó y abrió la puerta del salón.
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      –Él me esta observando todas las noches –dijo Ana, sin moverse.
      –¿Quién le observa diablos? –se enojó la dama, pero enseguida se disculpó–: Perdone, no estoy de buen humor para aceptar bromas.
      –Yo tampoco. Estoy preocupada.
      –Comprendo, pero esta equivocada de dirección. Lo siento.
      –No, es aquí, exactamente.
      –Esta equivocada. Vivo sola.
      –No es posible.
      –Ya hace cuatro años que murió mi marido.
      –Pero yo…
      –Fue un compositor precioso… y una pareja fastidiosa.
      –Lo siento.
      –Perdió la vista en los últimos años de su vida. Fue una vivencia horrorosa para él mismo y para la gente alrededor.
      –Lo siento de verdad.
      –Váyase y duerma bien. Ha resultado un malentendido.
      –Sucede ya tres meses.
      –¿Qué quiere decir?
      –¿Puedo echar un vistazo a sus dormitorios?
      –Me parece que empieza a abusar…
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La habitación de paredes blancas y luz deslumbrante de verdad no tenía ninguna decoración y su apariencia simple hacía un brusco contraste con el resto del departamento. El mobiliario se reducía a una cama baja y algunas repisas, colmadas de libros y discos de gramófono. En la pared opuesta había un closet antiguo de madera pesada. De la cerradura colgaba un prismático sólido.
      –Era la habitación de mi marido. Como puede notarlo, es bastante aburrida… Ah, otra vez he olvidado la ventana abierta. ¡Qué raro!
      La dama se acercó a cerrar, pero Ana la detuvo.
      Observó el edificio al frente. Desde aquí su departamento le pareció diferente, ajeno… y entonces notó la silueta. ¡En su casa! Era una silueta femenina, oscura, incompacta, pero también de una manera fina, bella.
      ¡Por Dios!
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      –¿Me dijo algo?
      –¿Sabe quién vive allá?
      –¿Dónde?
      –Allá, donde está aquella mujer.
      –No veo ninguna mujer.
      –En el tercer piso, en la mitad.
      –Pero sí allá no hay nadie… Me dijo que Usted vive allá, ¿no? ¿Qué pregunta es esa, entonces? –La dama miraba perpleja a su visitante no invitada.
La silueta del frente se acercaba hacia la ventana.
      –Sí… Por supuesto… Mi expresión no fue correcta. Quería preguntar si sabe quién vivía antes allá. Estoy en ese departamento solamente desde hace cuatro o cinco meses.
      –No tengo la menor idea. Únicamente sé que hace diez años allá vivía una… conocida mía. Era una bailarina impresionante.
      –¿Y qué pasó con ella?
      –Lastimosamente, nos dejó pronto… Accidente de auto, una tragedia horrible. Los periódicos publicaron mucho sobre ese caso.
La dama cerró la ventana con un gesto suave y volteó su rostro hacia Ana.
      –Se hizo tarde…
      –Perdone mi insolencia, pero tengo una pregunta más.
      –¿Sí?
      –¿De que murió su marido?
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El rostro de la dama cambió. Se volvió triste. En un momento envejeció diez años. En sus ojos apareció humedad. Pero rápidamente se dominó. Montó un nuevo cigarrillo en la boquilla incrustada. Lo hizo con lentitud, como si quería ganar tiempo para pensar. Después con un gesto impaciente sacó un cuaderno de las repisas y empezó a buscar entre las hojas.
      –Los doctores dieron varios diagnósticos con nombres complicados, pero según mi opinión, él simplemente perdió la gana de vivir. –Mostró el cuaderno a Ana–. Aquí esta, puede ver. Es lo último que escribió en su diario antes de ponerse ciego totalmente.
      “No le puedo vencer a la tristeza”.
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Un instante antes de cerrar las cortinas, Ana logró vislumbrar como la silueta de su departamento saludó con la mano y luego empezó a bailar.

Vladimir Stoichkov



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Commentarios

  1. Ernesto Picchione 
    January 12, 2010 - 16:58:18

    esta re bueno facili de seguir y con fondo, a ver si seguis publicando vladi


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